Este blog no es apto para progres.

viernes, 10 de abril de 2015

De la inutilidad del debate

16:44 Posted by Cronos 2 comments

Recientemente un progresista de Holanda decidió debatir conmigo a propósito de una reseña que hice en Goodreads acerca de ese panfleto de poca monta, pero que tanto ha calado en la academia y en Tumblr, sobre el privilegio blanco. El sujeto en cuestión invirtió una hora o más escribiendo su contraargumento, con datos, gráficas y todo, solo para encontrar una hora después que su comentario había desaparecido. Para desgracia suya, de toda la izquierda, de la mayor parte de los sectores libertarios e incluso de varios otakus (no soy conocido en el séptimo estilo por interesarme en las opiniones de los demás acerca del moe), hace cosa de dos años que yo renuncié por completo al debate.

Idealismos aparte, por lo general debatimos no para cambiar nuestras ideas sino para reforzar nuestras convicciones. Lo más sensato, en ese sentido, es asumir que el contrario no es alguien a quien le interese adoptar las ideas de uno. Quien entra al campo de batalla con ganas de caer ante el otro es porque o se trata de un suicida o de un imbécil. Hay algo noble, nos dice nuestra cultura democrática, en el intercambio de ideas y el diálogo entre los que piensan distinto. Tal vez sea cierto para muchos, pero es claro que para mí no. Debatir, sobre todo en internet, consume tiempo y reditúa muy pocos beneficios.  

Cabe la posibilidad del desencanto de las ideas propias. Si ese es el caso, existen mejores medios para revalorar las ideologías —los libros o este blog, por ejemplo—. Pensemos en un valioso concepto que nos ha dejado la ciencia económica: la división del trabajo. Diferentes personas cumplen con distintos roles en la sociedad. Hablando en estos términos, están aquellos que proveen información y los que la reciben. No debería extrañar a nadie que, desde hace un tiempo, yo me dedique únicamente a escribir ensayos que no necesito defender (ya que la mera argumentación debería bastar) cuando quiero ser serio al respecto de ciertos temas. Hay una razón por la que algunas personas se dedican solo a desarrollar y transmitir información. Se trata de un talento que no todos tienen ni pueden adquirir. El hecho de que dos personas compartan las mismas ideas no las convierte en iguales. Uno tendrá una mejor pluma para ponerlas por escrito. Si esto no fuera así, entonces todos serían excelentes escritores. Pero así no funciona la naturaleza humana: nunca fuimos una especie destinada a la igualdad ni de condiciones ni de resultados. De ahí que los reaccionarios reconozcamos las jerarquías, con todo el narcisismo que esto conlleva.

No es difícil adelantarse a los argumentos del contrario. Aquellas personas como el holandés a quien le borré el comentario seguramente pensarán que lo mío se trata de cobardía. Yo lo llamo simple pereza. Pero no importa cuál sea la verdad: el tulipán no cambiará de ideas y yo no perderé el tiempo intentando convencerlo de que se equivoca. Hay cosas más productivas por hacer, y lo cierto es que todo ese anime no se va a ver solo.

martes, 27 de enero de 2015

Syriza, equidad de género y la derecha disfuncional

17:38 Posted by Cronos , No comments

Ya no solo es patético, es de risa. Los comunistas griegos de Syriza no tardaron en sorprender al mundo con la más terrible de las noticias. No estamos hablando de su programa económico ni del desplome en los mercados financieros a raíz de la llegada de los rojos. Se trata de algo mucho peor: la falta de mujeres en el gabinete de gobierno. No es que esa sea una novedad. Aunque la señora Luxemburg cacareara demasiado en sus tiempos y sus viudos la reivindicaran en toda oportunidad, lo cierto es que al comunismo siempre le gustaron más las barbas y bigotes tupidos. Lo que ya se ha vuelto ridículo no es la actitud de la izquierda, sino la de esa derecha disfuncional que no se ha tardado en poner el grito en el cielo al enterarse del exceso de testosterona en los puestos de poder.

Queda clara una cosa: al conservador disfuncional le encanta ese juego que hasta entonces era reservado solo para los zurdos; se llama “yo soy más progre que tú”. Apto para los necesitados de atención y los que quieren quedar bien con la sociedad de los modernos, este juego es tan sencillo que apenas se necesita repetir una frase hecha al gusto de la izquierda. El objetivo es ver quién de los participantes es el más comprometido con la equidad, que a su vez se trata del valor más importante en el mundo. Sin embargo hay un inconveniente: este no es un juego del todo justo, porque incluso si el conservador lo gana tiene que perder. Eso, sin embargo, no es impedimento para que nuestro conservador contemporáneo siga insistiendo con la esperanza de que algún día alguien lo tome en serio.

No sorprendería que un hashtag como #SinMujeresNoHayDemocracia fuera utilizado por los guerreros de la justicia social de siempre —el empujar la equidad forzosa de género es parte de su agenda—, pero sí resulta cuando menos cómico que los anticomunistas se subieran en masa a ese barco. Alguien dirá: no seas idiota, no lo hacemos porque en realidad apoyemos las cuotas de género, nuestra intención es demostrar la hipocresía de la izquierda. Eso se entiende, pero en este juego los motivos se vuelven irrelevantes a la luz de un hecho ridículo: esa necesidad patológica de la derecha disfuncional por validar moralmente las ideas del progresismo, haciéndolas ver no solo deseables sino necesarias para la sociedad.  

miércoles, 7 de enero de 2015

Apuntes sobre la muerte de occidente: Atentados islamistas en Francia


Sucede a veces que no es a los conservadores sino a los progresistas a quienes les explota en la cara la pirotecnia que ellos mismos ponen frente a sí. No habría que sorprenderse por las noticias acerca del terror, después de todo este es el mismo occidente que, en aras de las sonrisas y las buenas intenciones, hace décadas que camina hacia el desfiladero. Un día un novelista publica una ficción acerca de una Francia en la que un musulmán gana la presidencia, al siguiente la élite intelectual lanza sus ataques en contra del escritor, pocos días después, al grito de Alá es grande, un grupo de inmigrantes, seguramente con una ciudadanía que se les otorgó ciegamente, se plantan frente a las oficinas de una revista progresista de sátira y matan a una docena de personas, periodistas y policías incluidos. 

De nuevo: no nos alarmemos, esto es occidente. Un occidente que, cargando el fardo de una absurda culpa autoimpuesta y acusado por unas ansias suicidas, parece más preocupado por la creciente popularidad de alguna política de derecha que ha hecho su carrera advirtiendo sobre los problemas de la inmigración masiva, que por los ya comunes actos de violencia que a modo de hobby perpetran los mahometanos. El novelista que causó escándalo por su novela de tintes proféticos, Michel Houellebecq, ya lo advertía: Le Pen podrá parar la inmigración, pero no la islamización de Francia. 

No hay que desestimar el hecho de que las víctimas fueron los biempensantes. La misma publicación de poca monta que incurrió en el error de provocar a sus huéspedes por medio de una caricatura que ridiculizaba al profeta, hacía lo propio con la figura central del cristianismo. Mientras que los de la media luna no han escondido la cimitarra, hace mucho tiempo que los creyentes en Jesús olvidaron cuando Él proclamó: No he venido a traer paz, sino espada. Véase la patética reacción de un periódico estadounidense, censurando la imagen que desató la ira de las bestias por temor a la ofensa de los salvajes. No hace falta recurrir al imaginario heroico de los cruzados para entender el sentido de la sentencia que aparece en Mateo 10:34. Hay un abismo entre dar la otra mejilla y ofrecer la yugular al enemigo. 

No es un asunto solo de fronteras. La paranoia de los occidentales es tan grande que más vale no proclamar el diagnóstico correcto, porque de hacerlo se corre el riesgo de ser declarado anatema en la religión del progresismo. Sonarán los balazos, estallarán las bombas, pero los que ya tienen su nicho de poder y una narrativa fija, basada en el concepto tan europeo de la tolerancia patológica, no pedirán una reconquista moral y cultural para su continente. Esa no es posibilidad en la civilización de los que mueren por garantizarle a otro el derecho a destruirlos. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

A 25 años de la caída del Muro. No ganamos nada.

Se ganó tan solo una breve ilusión. Ese fantasma anunciado por un obeso barbado nacido en Tiers en el siglo XIX sigue presente, en formas por lo general más sutiles allá en el viejo continente y de manera abierta en buena parte de los países tercermundistas. Cayó un muro, un símbolo, pero no la idea ni mucho menos la cultura del colectivismo. Los cursis festejan un montón de escombros y piedras que no dicen nada de la afrenta contra la libertad y el sentido común en la época actual. Mientras que ellos veneran esos cascajos, los Estados continúan avanzando hacia una senda de la que jamás se desviaron. En el mejor de los casos redujeron la marcha y, como los ciudadanos e intelectuales demócratas ingenuos, se engañaron a sí mismos. Todos los vicios acarreados por la cultura del socialismo persisten, abanderados incluso por las derechas disfuncionales del mundo civilizado. 

Esto es lo que sucede en un mundo donde el relativismo es ley. Esos liberales confusos no entienden que una tregua temporal o un aparente cese al fuego no es una conquista. ¿Cómo celebrar la aparente caída del andamiaje socialista si en Europa surgen cada vez con más fuerza partidos contrarios a la idea de la libertad? Y lo que es peor: su aceptación, como en el caso de Podemos en España, no es poca.  Bastaron veinticinco años para que los enemigos de occidente fuesen capaces de exponer las ideas revolucionarias ya sin la necesidad de esconderlas tras el velo de los eufemismos. Ante el hartazgo de las masas, no producido por una aplicación irrestricta de los principios liberales sino por el híbrido del corporativismo y las modas progresistas, hoy las izquierdas más irracionales no tienen que hacer demasiado para convencer a la gente de que sus ideas no son peligrosas. Si fuera cierto que la libertad triunfó, entonces esos personajes estarían de facto desacreditados. 

Como sucede con muchas cosas que son tomadas como conquistas sociales, este es un asunto de cursis. Hace cinco años gané una mención honorífica en un concurso cuyo tema era “La libertad a veinte años de la caída del Muro de Berlín”. Yo fui el único que escribió un ensayo al respecto. El segundo lugar se lo llevó un poema de corte arjoniano. Lo más memorable fue el espectáculo cutre con que dio inicio la ceremonia de premiación. Un gran muro en el escenario fue derribado al momento de que una banda versátil cantaba el famoso estribillo de Another Brick in The Wall, quizá sin entender que ese disco más bien mediocre de Pink Floyd hablaba en realidad de otras cosas. Y entre tantas luces y humo, podríamos ser más apropiados con esas ideas románticas de victoria y seguir escuchando en un loop infinito aquella canción de los Scorpions, incluso en su infame versión cantada en el peor ruso que el oído humano ha registrado. Mientras, afuera del sótano donde se lleva a cabo la fiesta de la cursilería, los enemigos de la libertad no han desperdiciado ni un minuto en construir otros muros, acaso transparentes para que los idiotas útiles sigan festejando sus ilusiones.

jueves, 6 de noviembre de 2014

No le haga caso a los escritores progresistas

16:28 Posted by Cronos , No comments

Empecemos por tomar este texto como lo que es: una simple diatriba posmoderna cuyo subtítulo podría ser “por qué dejé de seguir a escritores por Twitter” o “por qué dejé de interesarme por lo que los autores y sus novias, parejas o viudas tienen que decir sobre cualquier otra cosa que no sea su obra”. 

Los escritores no tienen nada que decir si no es a través de la literatura. Alguna vez cometí el error de sentir curiosidad por los comentarios que los autores hacen al margen de sus letras. Lo que en la gran mayoría de los casos uno escucha no es más que lugar común. Curioso, porque quienes entienden de estilo literario evaden como la plaga cualquier rastro de cliché. No así al momento de las opiniones, que son siempre moldeadas de acuerdo al relato único de los intelectuales. Son vanos pero se sienten profundos; creen transgredir algo pero solo reiteran las ideas de la masa; muchos se enemistan entre sí pero no dicen nada esencialmente distinto. Esos autores van por millares hacia el mismo sitio, a su catedral del pensamiento unitario. Si alguien en serio cree que hay algo interesante en el regodeo de los progresistas, que se una a la procesión donde seguramente recibirán muchas palmadas en la espalda y abrazos grupales.

Podría ser una falta de compromiso de mi parte. No lo dudo, si es que por esa palabrucha manida del compromiso se entiende la adhesión a ese tipo de ideas y no a otras convicciones con peor prensa. Por ejemplo, cuarenta delincuentes, en medio de una protesta social, secuestran e incendian un camión. El idiota útil, es decir el escritor comprometido, sale rápido a relativizar el terrorismo de igual manera que lo hace la manada. Pero si mencionar el contexto mejicano le molesta a los sensibles, pensemos que esa misma estirpe de escribidores se comporta de manera similar en cualquier otro lado, ya sea tendiendo más simpatía por los terrucos que por los militares en el Perú o los que aun consideran que los Montoneros de la Argentina eran simples idealistas. 

Hacia el final de Plataforma de Michel Houellebecq —a este sí hay que hacerle caso— un grupo de musulmanes perpetra un acto de terror en contra del resort que han creado los protagonistas. La prensa se pone del lado de la indignación de los radicales, que veían en esa empresa un atentado a su identidad y moral. No solo se vuelve víctima el criminal, sino también se victimizan las ideas que tienen los idiotas o los potenciales criminales. Al francés le cayeron un par de demandas, pero si su literatura tiene hoy en día gran arraigo es porque quizá hay gente que, como yo —es decir, los que no tenemos ese compromiso chapucero con la irracionalidad y las ideas revolucionarias—, está harta de las reiteraciones vanas de todos los demás autores. Será mejor ignorarlos. Uno no se pierde de nada que no oiga en la explanada de alguna universidad o de boca de un pariente oligofrénico al que la cerveza le ha sacado de la garganta la indignación por el mal gobierno.

jueves, 23 de octubre de 2014

Señorita Rand, (no) necesitamos una izquierda verdadera

13:17 Posted by Cronos 2 comments

En la nueva edición del Consultorio de la Señorita Rand tenemos la pregunta de Zurdo Dueñas (52 años), que parece estar preocupado por la falta de opciones políticas:

Estimada señorita Rand, estoy muy preocupado por la situación política de mi país y, en general, por la de América Latina. Yo, como todo buen ciudadano comprometido con los ideales de la libertad, soy un demócrata convencido, pero aunque me declaro como un liberal-libertario moderado, centrista y minarquista, veo con tristeza que no hay una verdadera izquierda en esta nación. Lo que tenemos es una izquierda populista y autoritaria, no una moderna, moderada y modernizadora como sí la hay en Uruguay (soy fan de Pepe Mujica) o en Chile (¿ya le dije que admiro a Lagos y respeto profundamente a Bachelet?). Todos sabemos que en la democracia necesitamos pluralidad y contrapesos, y la verdad es que yo no me fío de ninguna derecha paleoconservadora que se dice liberal para salvaguardar mis libertades sociales, como mis abortos o mis matrimonios gays.

Me parece que lo menos importante es de dónde venga el cambio. La izquierda moderna puede muy bien acompañarnos en el camino hacia las reformas, como ya lo han hecho en los países recién mencionados. Yo la verdad es que ya estoy harto de tanto antizquierdismo. 
Besos y abrazos, señorita.

Querido Zurdo, he leído con atención tu carta y me parece que, en efecto, eres un gran y ejemplare liberal, así con itálicas. Lo cual está bien, supongo, si es que esos son tus intereses y estás dispuesto a sincerarte, escribiendo bien la palabra u optando por su equivalente en castellano. Está claro que eres un liberal comprometido con los (según tú) nobles valores de la igualdad y eso te hace sentirte bien, como un ciudadano del mundo que desafía los estándares y que incomoda a los malos reaccionarios. Eres una amenaza al establishment y al pensamiento único, sí que sí, incluso si tú eres ese pensamiento único. Pero no te asustes, en realidad hay muchos como tú y eso es lo que se espera del buen ciudadano; que su ideología pueda moldearse bien a las necesidades que, en teoría, tiene el mundo moderno. En fin, que eres muy mainstream. Pero eso no está mal, porque te garantiza el aplauso de los bobos, que son mayoría como bien sabemos. A fin de cuentas los que de verdad desafían a La Catedral del pensamiento unitario están por otro lado.

Creo que,  como muchos otros —desde «liberales» hasta socialdemócratas—, te has contagiado de la fiebre pluralista, tan propia de estos tiempos extraños en los que me ha tocado regresar como consultora de dudas online. Sucede que hay cosas que son menos malas que otras, pero que siguen siendo una enfermedad. Nadie quiere estar enfermo, a menos que tenga un caso de gusto patológico por lo que está mal. No podrías decir, objetivamente hablando, que un resfriado es algo más o menos bueno. Claro, lo puedes comparar con una pulmonía y entonces sentirte aliviado de que no tienes algo peor. Pero lo que nos interesa es que, en el fondo, no estamos bien; hay algo que estorba y que sería mejor no tener.

Es fácil cuando lo ponemos en términos clínicos, pero al momento de traducir el símil, que ya debería ser bastante obvio, corremos el riesgo de que algún buenagente nos acuse de ser malvados antidemócratas. Lo que te digo, querido Zurdo, es que tanto eclecticismo es peligroso y que solo lleva a un lado, y ese destino, me temo, no es el de la libertad ni el de la responsabilidad. En los moderados izquierdistas quedará siempre la tentación igualitaria, que es la que tú tienes porque eres un liberal, no un liberal. A lo que voy, para decirlo con lenguaje de pueblo: la izquierda no hace falta, sea estalinista o moderna. 

Te voy a decir algo más, un secreto de esas personas que admiras. ¿Sabes por qué a veces los modernos izquierdistas aplican algunas medidas capitalistas? Fácil: ellos saben y se dan cuenta de que funcionan. Ya con la legitimidad que les da ese híbrido (que obviamente sería mejor tenerlo en estado puro), tienen el terreno libre para avanzar en su agenda igualitaria.

Aquí en mi consultorio también somos de mente abierta y llamamos a que todo el mundo asuma sus tendencias, su realidad  y que no aparente lo que no es. Tal vez necesitas que te lo diga alguien más, aunque pueda ser incómodo. Mientras los tibios avalan esa fachada que, en el fondo, sabes que es un eufemismo que suena bien para no decir las cosas como son, aquí tenemos la obligación moral de enfrentarte a tu realidad. Y tú, mi estimado Zurdo, aplaudes a Mujica por estatizar la marihuana, no por liberalizar el mercado. Tú respetas a una Bachelet que, no siendo todo lo allendista que ella quisiera, sí empieza a aplicar medidas para retroceder en los avances liberales de su país, solo porque sus acciones se acomodan a tus prioridades igualitarias y de vanguardia. Tú eres un liberal con cursivas, que en inglés quiere decir progresista.

viernes, 17 de octubre de 2014

La RAE y la desvirilización del lenguaje

15:23 Posted by Cronos , No comments
More femenine than any woman... But he's a guy.
De pronto despertamos y nos hemos dado cuenta de que asistimos, o más bien somos llevados empujones, a la orgía totalizadora del progresismo. Si ya en el Sínodo bergogliano resonaban ecos proféticos sobre la banalización de lo tradicional, toda vez que parece sugerirse que es la eternidad lo que ha de ajustarse a los modos novedosos del hombre y no este a lo que le ha sido desde siempre común y natural, hoy vemos que no hay resquicio que se libre de la fiebre revolucionaria de lo que en épocas mejores considerábamos como la norma. Pero antes de que esto devenga un argumento teológico, baste hacer notar que estos eventos tan solo ayudan a constatar con indudable claridad la dirección de la deriva del mundo occidental. Si la estructura que los ingenuos, los alarmistas y sobre todo los modernizadores impacientes creían monolítica ha visto sacudidos sus cimientos, con más razón deberíamos dejar de dudar cuando se afirma que se vive un proceso de cambio no solo en las costumbres de los mundanos, sino también en el modo de entender la natura humana a la luz de la sociedad actual.

Qué mejor forma de consolidar la agenda que actuando sobre el lenguaje. Mientras que algunos académicos salen de vez en cuando a la defensa del sentido común y demuestran la idiotez intrínseca del lenguaje de género, la Real Academia Española, como toda buena institución neoconservadora, se apresura a salir al escenario como aquel anciano que se viste de pantalones cortos. De la mano de los amigovios y el papichulo que de tan bobos no ameritan escarnio, se reitera como válido y relevante en el mamotreto inefable el feminicidio, término que es propio de las mentes trastornadas que ven mayor gravedad en el asesinato de la mujer que en el del hombre, como si fuese posible establecer una diferencia cualitativa en el valor de la vida de ambos. Así nos va en nuestros tiempos posmodernos: la vida humana relativizada en un mundo donde el horror del homicidio es importante no por la condición de humanidad sino por las motivaciones, reales o interpretadas de acuerdo al humor del juez en turno, de quien perpetra el crimen. 

Nada más patético que el beta humillado que, postrado y con la cabeza agachada, es incapaz de entender que  para la feminista y, en general, para el progresista nada será suficiente, siempre habrá algo que reformar, enmendar y volver a cambiar. Es la espiral del absurdo en la que ha caído el hombre derrotado, sobre quien los jerarcas de la lengua afirman que no hay en su masculinidad nada de viril ni enérgico. Quizá sea cierto lo que el ganado sagrado afirma cuando se analiza a fondo la naturaleza disminuida del hombre de nuestros tiempos, a quien la dignidad solo le alcanza no para asumirse como lo que debería ser sino para exigir compensaciones nimias: ahí, en la esquina de la vergüenza, están todos esos especímenes tristes que claman por la celebración de un día mundial del hombre o por la inclusión del masculinicidio en el libro de las definiciones.

Es probable que, en el gran panorama de nuestra caída, tengan una incidencia mucho menor que la de aquellos leguleyos que empezaron a usar un término absurdo antes de que la autoridad central de la lengua lo reconociera como válido. Y mientras que la RAE trata de correr a toda marcha para alcanzar los tiempos, quedarán en el tintero acciones más relevantes. A final de cuentas un idioma no es lo que dictan sus intelectuales sino lo que interpreta la mente de quien lo habla. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Un paria reaccionario en la patria libertaria

16:04 Posted by Cronos , 1 comment
Parece que la batalla por el buen uso del lenguaje corresponde a un juego del que uno ha aceptado formar parte a pesar de haberlo perdido en un inicio. Sucede con tal frecuencia que, ante la inevitabilidad, uno tiende a pensar que no hay más fin que la resignación. Será una deficiencia en la educación, una tara en la capacidad de pensamiento de los demás o un error que tiene que ver con la ingenuidad propia, pero nada de lo que uno hace parece disuadir a la gente cuya visión, en el mejor de los casos, abarca tan solo dos metros. El resultado es que uno queda como un paria en la nación de los que sufrieron la cruz de no aprobar satisfactoriamente sus cursos primarios de compresión de lectura, gastando inútilmente las palabras en tratar de que ellos capten el mensaje: no soy libertario ni escribo para contribuir a esa ideología difusa. Y a pesar de esa aclaración que no deja lugar a dudas, no son pocos los que insisten en decir que lo que sea que piensa uno tiene también un sitio dentro de la quimera abyecta del libertarismo.

De vez en cuando aparecen personajes cándidos que acusan de no ser libertarios a los que concuerdan con muchos puntos de lo que en este espacio se defiende. Aunque su juicio pueda parecer correcto, habría que decir que no lo es porque asumen que uno intenta pasar por uno de ellos. Nada más alejado de la verdad. Lo que se busca es la sana distancia de la enfermedad del relativismo y de la pandemia de la vulgaridad de las ideas. De ahí que juzguemos patológico el eclecticismo de los tibios: nada bueno sacamos en pensar que, solo porque tenemos un par de puntos en común, es buena idea compartir la casa con los progresistas de libre mercado, los que no distinguen su izquierda de su derecha, los objetivistas recalcitrantes, los ateos militantes, los socialdemócratas que creen ser minarquistas, los guerreros de la justicia social, los anarquistas que odian más al Estado de lo que aman la libertad, los globalistas suicidas de las fronteras abiertas y los ciudadanos del mundo antioccidentales. 

Podría ser muy específico y decir que soy parte de eso que en el mundo de habla inglesa se llama la derecha disidente, la derecha alternativa, el paleoliberalismo o el postliberalismo (¡el espacio común entre el liberalismo y el conservadurismo clásicos!). Si eso no convence a nadie, entonces lo que hace falta es hablar en buen criollo: si existe este blog no es por la necesidad de enmendar el libertarismo —suponiendo que es posible hacerlo, que no lo es—, sino porque considero que lo único que vale la pena sobre este tema es sacar a la luz su absurdo. Nadie dijo que tomar la píldora roja fuera grato. Quien lo haga se dará cuenta de que el fin de su pensamiento libertario no era más que el devenir de todas las ideologías fallidas: un lugar en el vertedero filosófico. Por eso es que hace mucho abandoné la idea de construir un libertarismo con lindos adjetivos. Todos sabemos que sigue sin ser bueno vivir con un poquito de cáncer; lo deseable es no tenerlo. Antes de que prolifere más hay arrancarlo de raíz, echarlo al fuego y dejar de ver con solemnidad las cenizas de la decadencia. Solo entonces seremos liberales y conservadores clásicos decentes.

viernes, 3 de octubre de 2014

Breve apología liberal al derecho a la ofensa

16:02 Posted by Cronos 7 comments
Defender la libertad de expresión como la conciben los socialdemócratas es fácil, cómodo e incluso redituable en términos políticos, mientras que hacerlo desde la óptica del liberalismo auténtico en muchas ocasiones supone un suicidio. Los primeros tienen el amparo de lo que en la actualidad llamamos la opinión pública, monopolizada hoy en día por todo lo que es políticamente correcto, nuestras buenas consciencias contemporáneas, las verdades inefables de esta era. Los segundos, en cambio, van siempre contra corriente porque deben reivindicar el derecho a expresar aquello que en la actualidad se considera que debe censurarse.

Solo pregúntese lo siguiente: ¿Cuántas veces hemos oído de peticiones para que el Estado regule lo que puede o no decirse en los medios de comunicación porque algunas opiniones pueden ser ofensivas para determinado grupo, llámese gays, negros, inmigrantes o la "minoría" que a usted más le guste? En el contexto actual, ¿qué pasaría si alguien públicamente, en un canal de televisión con gran audiencia, se denostara sin ambages a una determinada raza o si alguien filmara un programa en el que se cataloga a la homosexualidad como un trastorno mental o si una cadena hace un documental revisionista para negar el Holocausto y reivindicar los objetivos del nacionalsocialismo? ¿Lo soportaríamos o veríamos surgir miles de voces exigiendo la censura de dichos contenidos porque resultan ofensivos e injuriosos y, por lo tanto, es justificable que el Estado pase por encima de los derechos de quienes emiten tales opiniones?

El tema de la libertad, cuando se lo analiza desde esta perspectiva, puede ser particularmente incómodo. Hoy en día aquellos que osan saltar los cánones de la corrección política son sometidos al escarnio público y quienes defienden el derecho a la ofensa, es decir los liberales consecuentes, son también perseguidos y, encima de todo, son tildados de apologistas del odio y la violencia. No se dan cuenta los apóstoles de las buenas consciencias contemporáneas que incurren en la vieja tentación totalitaria de negar la libertad de aquellos cuyas opiniones pueden generar enojo entre determinados sectores que han sido sacralizados —no heterosexuales, discapacitados, enfermos, gente no blanca, pobres, etc.— porque suelen ser considerados como víctimas de la historia, del patriarcado, de la sociedad eurocéntrica o de lo que usted quiera. ¿Quién, entonces, defiende a los ofendidos? La respuesta liberal es sencilla: ellos mismos. De la misma manera que debemos garantizar el derecho a tener opiniones incómodas también debemos reivindicar la legítima defensa. Pero solo eso. Como bien dice Albert Esplugas:

Al fin y al cabo, se puede ser homófobo y liberal. Uno puede sentir aversión hacia los homosexuales y defender que tienen pleno derecho a hacer lo que quieran mientras no infrinjan la libertad de nadie. También se puede ser racista y liberal. O machista y liberal. Y por supuesto cualquier individuo tiene derecho a discriminar a quien quiera en el ámbito privado, o a proferir opiniones controvertidas. La libertad ampara cualquier expresión de desprecio u odio al prójimo, lo mismo que ampara la contestación, la humillación y el ostracismo de los intolerantes.

Pensemos en las implicaciones de permitir que el Estado regule las expresiones ofensivas. En primer lugar estamos aceptando de manera explícita que se viole la propiedad privada. Si el conductor de un programa de televisión declara su desprecio por las mujeres debería ser responsabilidad única de la empresa el decidir si es conveniente expulsar a ese trabajador. En cambio cuando se pide que el Estado, a través de algún organismo censor, obligue a la empresa a despedir a dicha persona estamos aceptando que, después de todo, es legítimo establecer reglas sobre una propiedad que no es la nuestra. Luego, si somos consecuentes, deberíamos permitir que el Estado regule lo que nosotros decimos al interior de nuestras casas y que nos obligue a aceptar que entre gente indeseable porque la propiedad privada no es más importante que un tercero. En segundo lugar, si aceptamos la necesidad de regular la ofensa entonces habría que permitir que cualquier ofendido, por la razón que sea, incluso por la más estúpida —digamos, el conductor comentó lo ridículo que es combinar un nombre en sánscrito con un apellido castellano, como Krishna Avendaño—, pida que se censure a quien se nos dé la gana, quizá ni siquiera por razones legítimas.

La disyuntiva es sencilla: o cedemos a la tentación totalitaria o defendemos la libertad aunque sea incómoda y pueda agraviarnos incluso a nosotros. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

La enfermedad crónica de la derecha

15:48 Posted by Cronos , 3 comments

Hundida bajo el peso de su propia medianía, la derecha contemporánea, más deslavada que nunca y temerosa de sí misma, parece tener más connotaciones míticas que auténticas. Los medios, los intelectuales y los políticos no dudan en invocar su nombre, todos menos los que, supuestamente, se encuentran ubicados en ese sector de las ideologías. A la luz pública es mejor negar cualquier filiación con ella y quienes, ingenuos, creen que desafían al sistema y se arrogan la investidura del conservadurismo o del libre mercado tardan muy poco en parchar su discurso, prestos en todo momento a hallar la salida retórica más rápida. Entonces aparecen varias palabras cuya sola mención ya nos revela la tragedia: derecha moderada, centroderecha, economía social de mercado, capitalismo popular o con rostro humano, etcétera. Términos que denotan la necesidad patológica de los supuestos derechistas contemporáneos de desligarse de sus raíces y de querer mezclarse, hasta quedar indistinguibles en esencia, con sus congéneres de la izquierda deslactosada que se presenta ante la sociedad como la única opción viable en estos tiempos. 

Qué mejor para el progresismo cultural y sus líderes que esto suceda. No habrá de qué preocuparse mientras la derecha sea mantenga mansa —un poco gruñona, no importa— y deseosa de participar de un juego político que perdieron antes de que sonara la primera campanada. Cabe preguntarse si fueron tan brillantes los progresistas o tan idiotas los de esa derecha timorata que poco ha logrado y que no consigue echar cimientos firmes. Mientras que los primeros han sido exitosos al momento de construir un relato aceptado y deseado por grandes sectores de la sociedad, los segundos son culpables no solo de ser incapaces de combatirlo sino de caer en la trampa propuesta por sus adversarios.  

De allí que muchos aboguen hoy en día por el punto medio, tan de moda en estas fechas donde correrse al centro parece la decisión más sensata, toda vez que la tibieza es la zona preferida de los perezosos y la que tanto seduce a jóvenes apáticos y de cortas ideas, más ansiosos de un discurso ecléctico que de un programa sin ambigüedades. Y ya que la batalla cultural se va perdiendo de calle, los modernos izquierdistas, al menos los que tienen esa amigable fachada de la institucionalidad y que se prestan siempre a la alternancia, no tienen por qué alarmarse cuando la derecha parece ganar algo de fuerza. Esa calma radica en un hecho muy simple y de suyo trascendente: no existen condiciones para que esa derecha que por momentos goza de los favores de la gente se enraíce en los niveles más profundos de la sociedad, a no ser que haya algo que detone un cambio cultural significativo; y esto no parece un escenario probable, no hoy cuando la derecha tiene miedo a ser llamada derecha, cuando el conservadurismo es el peor de los epítetos y cuando los capitalistas no quieren ser capitalistas.

Habrá que acusar de insalvable ingenuidad a quien no haya previsto el estado actual y raquítico de la derecha, tanto a los alarmistas tontos de la izquierda que ven en cualquier rastro de libre mercado la derrota a su utopía, pero sobre todo a los derechistas bobalicones que creyeron que una privatización o un muro hecho escombros bastarían para asegurar la permanencia de los valores liberales. Esta naïveté, propia de una generación que de tan iluminada por los destellos de los nuevos tiempos terminó por deslumbrarse, habría de devenir estertor y derrota.  Nunca fueron más vigentes las palabras que en 1953 el preclaro teólogo y filósofo Francisco Canals pusiera por escrito en una de sus más memorables piezas: El derechismo y su inevitable deriva izquierdista

Mientras la izquierda proclamaba que nada le parecería demasiado revolucionario, la derecha se esforzaba siempre por poner de relieve lo “moderado” y “prudente” de su actitud antirrevolucionaria, y se gloriaba por ello de poder mostrar, como testimonio de su amor a la libertad y al progreso, que no dejaba de ser considerada ella misma como revolucionaria por los “extremistas de la derecha”, por los “reaccionarios”.
El resultado necesario de esta situación fue el constante desplazamiento hacia la izquierda, no sólo de la opinión y de los partidos, sino de la norma de valoración con que se juzgaba del derechismo y del izquierdismo de tal o cual actitud.


No sorprende en modo alguno que muchas banderas que antes eran propiedad exclusiva de la izquierda, ahora también son asumidas por los políticos e ideólogos de la derecha. La excusa no podría ser más conveniente, aunque no por ello sensata, y es que «tenemos que ajustarnos a los nuevos tiempos» —y con ello su fatal corolario: rendirse a la fatalidad de que no queda más opción que recoger gran parte del discurso progresista—. No anticiparon estos personajes que la derecha iría con un rezago y que los electores verían en estas actitudes una mala calca de lo que los políticos progresistas ofrecían. 

La genialidad de Canals radica en el hecho de que, mucho antes de que este fenómeno empezara a ser tangible, en una época en la que hoy en día se asume que el sector político al que él pertenecía y criticaba tenía una actitud bien definida e inamovible ante ciertos temas, supo identificar que el problema de la derecha era estructural, que no estaba acotado por un momento histórico y que este no detendría su marcha en un futuro previsible. A Canals no le faltaba razón. Una vez dentro del juego del progresismo, nada evitaría el desplazamiento poco a poco hacia la izquierda. Y, por supuesto, en una sociedad donde el pensamiento cultural está formado por los intelectuales orgánicos del igualitarismo, parece poco probable que liberales y conservadores tengan la capacidad para dar una auténtica batalla. Máxime si los primeros gastan sus energías en tratar de convencerse inútilmente a sí mismos y a los pocos que los escuchan de que no son de derecha —de ahí, mal que les pese, la insistencia de este texto de incluirlos en este espectro—, o si los segundos insisten en sumarse a la carrera del estatismo. 

Queda como premonición la frase de cierto presidente de trágica memoria y líder de una nación al sur de los Estados Unidos que, siendo identificado como una figura de la derecha tradicional y de esa quimera que han dado a llamar el neoliberalismo, afirmara en su campaña que «rebasaría a la izquierda por la izquierda».  Enferma, temerosa de sí misma, de lo que fue y de lo que se supone que debería ser, la derecha ha dejado ya de competir en un campo parejo. Tanto así que asistimos, cada vez con mayor frecuencia, al espectáculo ridículo de los otrora liberales y conservadores queriendo mimetizarse con el buen progre.

martes, 23 de septiembre de 2014

Libertarismo vulgar: entre cursis y relativistas morales

Si usted ha estado en la escena libertaria por un buen tiempo seguramente conocerá al típico ridículo que en las redes sociales agrega a su nombre apellidos como “Rothbard”, “Bastiat”, “Mises” para después sazonarlos con la bendita palabra “Libertad”. Los resultados pueden ser de una cursilería tal que uno está tentado a pensar que semejantes afrentas al buen gusto constituyen una violación del sacrosanto e incuestionable NAP. No siempre sucede, pero encontrar a un sujeto así es muchas veces indicativo de que podemos estar ante algún libertario vulgar, un liberchairo, si se me permite el neologismo, uno de esos cándidos especímenes vertebrados que no conocen algo más allá que el mantra del principio de no agresión. Muchos de ellos, amparados en su purismo pueril, suelen creer que, en la medida en que haya decisiones libres e individuales, los libertarios no deberían criticar aquellas acciones que a nivel moral puedan encontrar reprobables. Escondida detrás de esta actitud está la retórica del relativismo moral.

Recientemente en un grupo de Facebook compartí un artículo sobre un campamento en el que básicamente travisten a los niños para que de este modo se encuentren a sí mismos, sin las presiones que ejerce el patriarcado y los valores conservadores, ya que el género, de acuerdo a la concepción posmoderna, es tan solo un constructo social. Huelga decir que todo este espectáculo proviene de la iniciativa privada, de modo que, por principio, los libertarios no se opondrían a su realización. Hasta ese punto nadie que suscriba tan ideología estaría en desacuerdo. No sería extraño que alguien a nivel personal, como quien escribe este artículo, encuentre este circo como un show que aplaude la depravación y el summun del mal gusto de la agenda progresista. Es claro que un liberal, independientemente de los principios de su filosofía, amparado en la libertad de expresión, puede ejercer los juicios morales que considere pertinentes y externar su condena por semejante show. El libertario vulgar, en cambio, dirá que, en la medida en que esto no afecta ni el NAP ni mi libertad individual, no deberíamos emitir ningún juicio porque entonces nos estaríamos rebajando a ser simples neoconservadores. Por supuesto, cuando coloqué el enlace un señorito de apellido Rothbard, disertó en dos sapientes líneas acerca de las tendencias de género que existen desde el nacimiento, así como de la impertinencia de todos aquellos neoconservadores que se creen liberales al momento de externar su reprobación por los actos de libertad de los demás.

Eres un neocón reaccionario si opinas en contra de la libertad de orillar a este niño a travestirse

Esto último no deja de ser un buen ejemplo del nivel de simpleza que pueden alcanzar muchos libertarios, que típicamente son los que nuestros enemigos intelectuales aprovechan, con justa razón, para poner en ridículo la ideología de la libertad. La defensa a ultranza del NAP, como único pilar de una tradición filosófica mucho más rica, puede devenir en un libertarismo tan caricaturesco como ridículo. No hay deshonestidad más grande que abstraerse de uno mismo, de su individualidad innata, con tal de externar un discurso simplista y políticamente correcto que satisfaga a los obtusos que, por desgracia, también están entre nuestras filas. Se equivocan todos aquellos libertarios vulgares que abogan por la autocensura. Es falso que a nosotros no nos corresponda hacer juicios, incluso si estos van en contra de las decisiones que otras personas han tomado. Sucumbir ante la pretensión de negar nuestra moralidad equivale a desconocer el principio fundamental de la libertad de expresión.

Sujetos como el señorito cursi que en Facebook se hace llamar Rothbard y todos los libertarios vulgares y relativistas tan solo generan hacia el exterior la impresión de que el liberalismo no es más que un culto, una secta vacía en la que los miembros han de repetir como autómatas un mantra que, ironías de la vida, termina por desindividualizarnos al negar la posibilidad de ejercer una crítica a partir de consideraciones meramente personales. A final de cuentas no son distintos a los zurdos y toda esa fauna chairomamerta que, si no estás de acuerdo con ellos y sus dogmas, tildan a cualquiera de fascista neoliberal.

El liberalismo es también un compromiso con los individuos que forman una sociedad. Caer en el discurso del relativismo moral, de que existen millones de discursos igualmente válidos, es hacerle un favor a todos aquellos que pugnan por el progresismo. Prescribir una sociedad amoral a través de una ideología monolítica, incapaz de aceptar los matices del pensamiento individual, negar nuestras dudas y comentarios hacia la erosión de una cultura que valoramos y de la que surgió nuestra ideología, significa un suicidio en términos de filosofía, es hundirse en el más vulgar de los nihilismos. Lo único que puede hacer el liberalismo por estas expresiones que muchos encontramos aberrantes es aceptar el derecho a que existan y criticar toda pretensión del Estado para regularlas o prohibirlas. Sin embargo, como individuos que somos, dotados de razón y juicios propios, no debemos en ningún momento traicionar nuestra propia moral.

viernes, 19 de septiembre de 2014

El perfecto idiota libertario

12:49 Posted by Cronos , No comments

Más nos vale ser prudentes y no asumir que los libertarios son, en promedio, gente muy brillante. Dos o tres coincidencias en el campo ideológico no vuelven al vecino una persona a la que haya que tomar en serio, ni siquiera si ese individuo se pone la máscara de racional o de muy prudente. Que para eso cualquiera es bueno: vea usted a los sandios guerreros de la justicia social que escriben para la Rational Wiki. 

¿Qué piensa usted cuando los neonazis y los neofachos les dicen que “no son ni de izquierda ni de derecha”? Seguramente le da un ataque de risa o los tira de locos. Y es que al gran público poco le interesa la sofisticación o las huidas retóricas de los miedosos, a nadie le interesa que entre ellos se crean que de verdad existe la tercera posición como un paradigma novedoso. Lo mismo pasa con esos libertarios cuyo deporte favorito es insistir en sus clubes privados que no son ni de izquierda ni de derecha. Serán de cuarta posición entonces o extremocentristas, o vaya usted a saber. Mejor pregúntele al brillante Nolan, que parece ser el único soporte teórico que tienen los libertarios vulgares.

¿Han conseguido algo estos personajes que buscan desligarse a como dé lugar de la derecha? Nada, y no lo harán. Jamás. Pero no importa, porque están muy cómodos en su circle jerk, en sus grupos irrelevantes, en sus conferencias que no atraen a más de treinta personas en los días que hace buen clima y se ofrece vino gratis. En suma, nunca convencieron a nadie que no sea a ellos. Por eso es que son irrelevantes tanto en el mundo de las ideas como en la praxis. Tan altos intelectuales son ellos que, desde las alturas, no pueden ver lo que pasa a nivel de tierra.

A veces da buenos resultados inventar una nueva retórica y tatuarla en la consciencia de la gente, si no pregúnteles a los grandes actores del progresismo cultural. Pero, perdón, eso no existe y son paranoias derechistas (aunque haya intelectuales de la izquierda que se declaran abiertamente como marxistas culturales y afirman y defienden su existencia). No es verdad que muchas banderas que típicamente eran propiedad exclusiva de la izquierda hayan sido adoptadas plenamente por los racionales libertarios. Al menos eso es lo que dicen los tan brillantes como irrelevantes libertarios, que están muy cómodos haciendo de aguadores para el equipo rojo (o rosa, para que no suene tan alarmista ni delirante este párrafo), porque, después de todo, los zurdos no son nuestros enemigos y no tiene nada de provechoso atacarlos. Lástima que los izquierdistas jamás fueron tan bobos. Hoy vemos los resultados: su retórica antiliberal, simplista pero tan efectiva, les ha servido muy bien y ha calado en la cultura, tan hondo que a nadie le interesa lo que tenga que decir un vulgar left libertarian de internet.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La democracia y la parábola de Cthulhu y su amigo el Leviatán

23:04 Posted by Cronos , No comments
Suecia, Suecia, querida amiga:
Un tigre que se avergüenza.
Sé cómo se siente eso
Cuando la realidad se vuelve una broma.
Joakim Berg, Sverige

Regocijaos, hombres del mundo civilizado, que hemos vuelto a asistir a la gran fiesta. Olvidad los ecos de la mitología, los rumores del ya lejano Midsommar, pues aquello que nos reúne es acaso la cumbre de un lento proceso de evolución institucional. Sucedió lo que sucede cada cierto tiempo en la vieja Suecia. La gente acudió a las urnas y el resultado no pudo ser más impactante: los socialdemócratas vestidos de azul que detentaban el poder han sido derrotado por los socialdemócratas de camisetas rojas. Regocijaos, hombres del mundo civilizado y de aquel otro mundo ensombrecido aún por las tinieblas de la barbarie, hemos asistido a la fiesta de la democracia.

Nadie que no sea decente se atrevería a poner en duda que este sistema es el mejor al que pueden aspirar las naciones. Sin embargo aquí en Expresión reaccionaria no somos gente decente ni aspiramos a serlo. No es que aquí se piense que la democracia no funciona o que sea una idea fallida. En realidad tenemos muy en claro que, por sí misma, y con las condiciones institucionales bien establecidas, es un sistema altamente eficaz. Eficaz para un fin que a nosotros, como indecentes reaccionarios, no nos interesa en absoluto. 

Ya sabemos la dirección hacia la que siempre nadan Cthulhu y su pequeño amigo el Leviatán —grande o chico, importa poco siempre que se desplace al lado de su compañero—. ¿Por qué la deidad habría de detenerse y pensar que las leguas recorridas fueron todas en vano? Dicen que las corrientes de la izquierda son siempre más cálidas, incluso si estas cruzan los mares nórdicos. 

La parábola de Cthulhu y su amigo el Leviatán ya debería ser bastante obvia por sí misma, aunque para efectos de claridad habrá que traducirla, no sea que algún personaje con pocas luces tenga problemas en descifrar un recurso literario. Lo vimos en las elecciones suecas: la socialdemocracia azul, es decir la seudoderecha moderada encabezada por Fredrik Reinhardt luego de ocho años de gobierno ha perdido en contra del partido hegemónico, los Socialdemokraterna. ¿Había una diferencia esencial entre ambos bandos? Ninguna, porque mientras estén montados en el mismo barco, que a su vez navega sobre la espalda de nuestro Cthulhu, irán hacia la misma dirección. ¿O es que debemos creernos el cuento de que la centroderecha sueca —y para los mismos efectos casi todas las derechas decentes del mundo— no navega hacia el progresismo? Acaso estas derechas blandas, apoyadas por ingenuos conservadores y liberales muy cómodos, lleven un rezago en un camino cuyo destino está bien trazado. Nadie hoy, desde el armatoste del sistema, duda de los grandes pilares del bienintencionado credo secular de nuestros tiempos: el igualitarismo. No, dirán los libertarios furiosos, nosotros creemos en el individuo, pero buena parte de sus políticos fracasados, sus intelectuales de voces diminutas, sus inocuos think tanks, no difieren en lo esencial de estos credos. Y la razón es simple: no pueden permitírselo si aspiran a tener un lugar en este juego de la democracia.

Supongamos que Cthulhu se despierta de buen humor y que el capitán del barco es uno de esos centroderechistas buena onda, con ganas de ver un nuevo sol. Ese día se arma de valor y le pregunta a su dios democracia si no le apetecería ir más lento para disfrutar de paisaje. Cthulhu dirá que sí, que no hay prisa por llegar al destino. El centroderechista creerá que ha hecho algo notable y sus intelectuales y defensores echarán palomas al vuelo —y claro, los socialdemócratas de camisetas rojas se molestarán porque tienen más prisa que ninguno en llegar a la Arcadia progresista—. Hay un pequeño problema para la tripulación, y ese es que, a pesar de los esfuerzos por conseguir el mando del barco, Cthulhu en ningún momento se ha dado la vuelta o ha cambiado de dirección, por más que el capitán y los grumetes centroderichistas hayan creído que dieron un golpe de timón.

Regocijaos sin reservas, hombres decentes del mundo civilizado, y vosotros, indecentes reaccionarios, zarpad ya hacia otro lado, que no sois dignos de estas aguas.